Categoría: PAISAJE URBANO

PAISAJE VS IMAGEN DE MARCA

Dice el Convenio Europeo del Paisaje en su preámbulo que el paisaje constituye un recurso favorable para la actividad económica y su protección, gestión y ordenación pueden contribuir a la creación de empleo (un hecho obvio pero no por ello siempre asumido).

Tratando de avanzar en el ¿cómo? lo primero que se me ocurre es la cuestión de la “imagen de marca” como el conjunto de comunicaciones que recibimos acerca de un producto o servicio y  que generan en nuestra mente su conocimiento, su recuerdo, y las sensaciones de atracción, rechazo o indiferencia.

Si lo que tratamos de vender es un bolígrafo, los que nos dedicamos al paisaje seguramente poco podemos aportar a su “imagen de marca”, sin embargo pienso que nuestro campo de actuación es muy amplio y os pongo un ejemplo de un “producto” o “servicio” en el que creo que la participación del paisaje es indiscutible: El Camino de Santiago.

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Desconozco las cifras oficiales, no obstante tras cinco años haciéndolo desde distintos sitios, sigo comprobando que los únicos servicios existentes en caseríos y pequeños pueblos están enfocados a los peregrinos, al llegar a Santiago de Compostela y pasear por sus calles vemos que el 95% de los viandantes son turistas y el 90% de los comercios del casco antiguo se destinan a hoteles, tiendas de recuerdos, bares, cafeterías y restaurantes, se trata de un producto turístico que evidentemente funciona.

La motivación para hacer el camino puede ser religiosa, deportiva, cultural o simplemente un reto personal;  pero todas ellas comparten algo…. su paisaje… esa es la imagen por la que lo conocemos, lo recordamos y como norma general nos “engancha” y nos hace volver…. ¿No es eso una imagen de marca? ¿Cuántos peregrinos harían el camino si no existiesen los bosques de Lugo, las pistas de costeras del Camino del Norte, o los abruptos paisajes asturianos? ¿Cuántos turistas habría en Santiago si su casco antiguo no se hubiese conservado?.

Si lo que acabo de exponer es tan evidente me planteo las siguientes preguntas:

– ¿Por qué este hecho no es asumido y potenciado en general por Administraciones y empresarios?.

– ¿Por qué no se utiliza (salvo en ocasiones) el paisaje como herramienta?.

– ¿Por qué en un proceso de toma de decisiones no suele intervenir el paisaje?.

– ¿Por qué machacamos paisajes excepcionales con la excusa del progreso y la creación de empleo? ¿No estaba claro que el paisaje también puede crear riqueza?.

La no utilización del paisaje como recurso económico en base a la escasa calidad del mismo tampoco creo que sea razonable, simplemente se trata de dos caminos distintos, el que goza de paisajes excepcionales “simplemente” necesitará proteger y gestionar; mientras que el que tan sólo tenga paisajes banales o deteriorados requerirá la vía creativa, un camino más largo, pero a la vez más excitante y con mayores horizontes, el límite lo ponemos nosotros.

LA CRISIS NO VALE COMO EXCUSA

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Cuando algo no funciona puede ser debido a la mala suerte, pero normalmente la causa se encuentra en un hecho que no estaba previsto o a que no ha resultado como se preveía; es decir no estaba planificado o la planificación no era correcta. Este hecho lo podemos ver en nuestra economía global, nuestro mercado laboral, sistema de salud, sistema educativo, etc… pero como estos temas se salen de la temática del blog, me centro en un aspecto específico, los problemas de nuestras ciudades.

Desde hace ya años, la planificación sufre un tremendo “parón” por parte de los únicos promotores posibles de la misma (las Administraciones Públicas); la causa alegada para esta paralización siempre es la misma, … la crisis…los recortes…la falta de medios económicos; … pero vamos a ver, paremos un momento, tenemos un sistema que no ha funcionado por defectos o ausencia de planificación ¿cuál es la salida entonces? ¿no hacer nada? ¿buscar ideas felices? ¿esperar a que alguien solucione nuestros problemas? ¿intentar volver a un sistema que ya hemos visto que no funciona?… creo que no, entiendo que lo que toca es precisamente planificar estratégicamente, primero para salir adelante y segundo para hacerlo de modo sostenible en el tiempo. Ahora bien, para el planificador ha surgido una nueva variable de gran peso a tener en cuenta, que las acciones y el cambio no cuesten dinero o al menos que sea lo mínimo posible; la época de tratar de lanzar ciudades, comarcas o regiones al mercado de la competitividad territorial mediante grandes infraestructuras o faraónicas obras ha pasado a la historia, ¿quiere esto decir que ya no se puede planificar? No, en absoluto, simplemente ha cambiado el escenario, las variables son distintas y toca repensar, poner en duda cuestiones asumidas y abrir el pensamiento a nuevas alternativas.

¿Cuál es coste de cerrar una calle al tráfico rodado y así crear por ejemplo un pequeño eje comercial en una ciudad? ¿Necesitamos pavimentar de nuevo la calle?¿Los peatones no podemos andar por el asfalto? ¿No se puede taladrar el asfalto y plantar árboles?

¿Cuál es el coste de que un Ayuntamiento ceda parte de sus suelos adjudicados en desarrollos urbanísticos para usos alternativos como los huertos urbanos? Nadie lo va a comprar y no tienen medios para desarrollarlos ¿Por qué no cederlos entonces temporalmente en bien de la comunidad?.

¿Cuál es el coste de una normativa de paisaje urbano que lo proteja, gestione y ordene? En todo caso sería una inversión, no un gasto ¿no?.

En definitiva el problema para no planificar no es la crisis, es precisamente la infravaloración de la planificación, la escasa aceptación de la misma como elemento clave para el desarrollo, dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, ¿Cuántas vamos a tropezar nosotros?.

¿DÓNDE ESTÁN LAS PUERTAS DE LA CIUDAD?

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Cuando las ciudades se desarrollaban en el interior de recintos amurallados, un evidente elemento físico (la muralla) marcaba la diferencia entre “dentro” y “fuera”;  las distintas puertas dispuestas normalmente por motivos funcionales marcaban el inicio de la ciudad, todo estaba claro y perfectamente definido … llega hasta aquí y se entra por allí…

Cuando hoy día nos acercamos a una ciudad, sus hitos de mayor envergadura marcan la presencia en el horizonte del asentamiento; conforme nos aproximamos, el campo comienza a desvirtuarse, sube la densidad de edificaciones, baja la de plantaciones, nos adentramos en una franja en muchos casos anárquica hasta que llegado un punto observamos que ya  no hay huecos entre edificaciones y entonces entendemos que ya hemos llegado.

Durante algún tiempo se utilizó la solución de alineaciones arbóreas que marcaban el acceso, quedaba claro que la ciudad empezaba al final de la arboleda, no obstante poco a poco han sido eliminadas por considerarse peligrosas para el tráfico (aunque quizá un quitamiedos hubiese sido suficiente).

En este punto me pregunto si este hecho es positivo o negativo, ¿debe tener límites claros la ciudad? ¿qué ganamos o perdemos? Es evidente que por fortuna la ciudad ya no necesita murallas ni puertas, por tanto hemos ganado la posibilidad de interactuar visual y funcionalmente con el entorno; pero hemos perdido un gran valor, el identitario, pasando de ser un elemento claro en el territorio, perfectamente identificable, a ser un ente difuso como una nube que se va perdiendo en el horizonte con distintos colores y densidades.

Entre un extremo (la muralla) y el otro (la ciudad difusa), creo que se encuentra nuestro objetivo; poner límites no nos aporta nada positivo (ganaríamos identidad pero negativa al constituir un coto cerrado), ahora bien una planificación que fuese capaz de gestionar las distintas interfases de forma ordenada eliminaría los inconvenientes de las dos opciones y potenciaría las ventajas de ambas; nuestra lectura en el recorrido de aproximación no sería de recinto ni de anarquía sino de sucesión organizada de situaciones, una secuencia que a modo de ejemplo nos mostrase campo – campo ligado a ciudad – ciudad, permitiría una lectura clara, luego estaríamos incrementando la legibilidad que facilita la creación de la imagen mental del recuerdo y por tanto estaríamos consiguiendo la identidad perdida al desaparecer las murallas y sus puertas.

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¿CUÁNTO VALE UN PAISAJE?

Muchos son los métodos que tantean o establecen un valor monetario para un paisaje, algunos de ellos directos, otros indirectos, valor de reposición, coste del viaje, ingresos que puede generar, etc… no obstante ninguno de ellos predomina sobre los demás de forma clara, no llegan a convencer al incrédulo y por tanto son realmente poco utilizados.

La complejidad viene dada lógicamente porque la percepción del paisaje, si bien depende de la información que recibimos a través de nuestros sentidos, es función directa de nuestro filtro (recuerdos, cultura, estado de ánimo, etc..); es decir pasamos al terreno de lo subjetivo, siendo ésta una palabra prohibida cuando hablamos de valoración económica (en la que alguien puede llegar a pagar más o menos en función de la valoración).

Resulta evidente que el paisaje puede incrementar o reducir el valor de los elementos que forman parte de la escena, no obstante  la pregunta… ¿en qué medida?… queda en el aire. Un local comercial en un entorno urbano con un paisaje adecuado puede ser más caro que otro en un entorno degradado o simplemente banal, pero son tantas las variables que intervienen (geometría del local y de la calle, visualización, tráfico rodado y peatonal, competencia, oferta, demanda, etc….) que parece imposible ponerle “peso” objetivamente a la variable “paisaje en el que se inserta”.

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Si encontrásemos el camino habríamos encontrado el arma perfecta para convencer a Administraciones, empresarios y sociedad en general sobre la importancia de nuestros paisajes, no hay nada más efectivo que traducir la importancia a unidades monetarias.

Leyendo la paradoja de Adam Smith sobre valor de uso y valor de cambio creo entender que la falta de aceptación de las metodologías actuales de valoración de paisaje se encuentra en la base, es decir, en tratar de encontrar un “valor de cambio del paisaje” cuando realmente es algo que no circula en un mercado, no se compra ni se vende; por tanto los esfuerzos deben ir encaminados en otra dirección, en dar respuesta a …¿cuánto puedo ganar si me ocupo de una gestión adecuada del paisaje? (en una empresa, una ciudad, una región, una asociación de comerciantes, etc…).

En este punto volvemos a encontrarnos con la duda de cuantificar la influencia, un problema complejo pero pienso que no por ello irresoluble. Un estudio de mercado correcto, con casuística suficiente podrá facilitarnos los coeficientes de homogeneización que nos indiquen cómo está influyendo el paisaje por ejemplo en un desarrollo terciario de oficinas, y en base a los resultados podremos valorar la rentabilidad de una posible inversión en paisaje. Está claro que se trata de una estimación, lo cual puede ser motivo de rechazo por parte de un empresario, ahora bien, ¿el grado de incertidumbre sobre la rentabilidad de la inversión es mayor o menor que en cualquier otro estudio de viabilidad? cuando por ejemplo una empresa se plantea la expansión a otra región o país, ¿las variables del estudio previo tienen certeza absoluta?..¿y si suben los impuestos? ¿y si la conflictividad laboral crece? ¿y si otra empresa ocupa parte de la cuota de mercado que esperábamos alcanzar?….. son riesgos, pero en principio el resultado del análisis arroja beneficios y por tanto se sigue adelante.

Por tanto, el problema no es de metodología de valoración; más bien sería por nuestra parte de concepto (no tratar de ponerle precio a un paisaje sino valorar lo que aporta al resto) y por otra, la más importante, convencer no del “valor de cambio de un paisaje” sino del “valor de uso del mismo“.

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Cuando Kevin Lynch describía el concepto de “imaginabilidad” de nuestras ciudades todavía no se hablaba de conceptos que ahora creemos actuales como el branding o la imagen de marca de una ciudad como herramientas de competitividad, sin embargo estamos sin duda hablando de lo mismo; cualquier territorio cuenta con ciertos elementos que se graban en nuestra memoria de forma selectiva constituyendo los ingredientes que más tarde emplearemos para crear nuestra “imagen mental del sitio”, nuestro recuerdo.

La experiencia sensorial y paisajística del forastero que accede a una población, que la recorre por sus principales arterias, que visita sus zonas industriales o simplemente acude a una reunión, marca inequívocamente la sensación positiva, negativa o indiferente que experimentará un tiempo después, cuando se dicho lugar vuelva a su memoria por la razón que sea.

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Si nuestras ciudades tratan de vender, de atraer nuevos clientes o de mantener los que tiene, necesita destacar y en el entorno de las sensaciones subjetivas deberá crear los inputs necesarios para que esa imagen sea de orden, identidad, seguridad, sostenibilidad, progreso, modernidad, etc… frente al desorden, improvisación, contaminación, inseguridad o deterioro.

Por lo tanto, un primer objetivo sería “ser recordada” (algo no fácil si impera la banalidad), superado este punto nuestro “cliente” ya sabe que existimos; ahora necesitamos “ser bien recordados” mediante el empleo de factores positivos como los citados en el párrafo anterior (hemos llegado al momento en el que el “cliente” sabe que existimos y además estamos en el grupo de los buenos); pero como nosotros hay muchos (la “competencia”) luego ahora toca distinguirnos del resto, aportar algo más a nuestro paisaje que nos haga destacar ¿cómo lo hacemos?… Una primera opción sería la teatralización de nuestro entorno, la creación de ciudades a modo de parques temáticos, la organización de grandes eventos como efecto púlsar, pero eso requiere una inversión no planteable en época de crisis, la historia reciente nos dice que no funciona y además seguiríamos compitiendo en una liga en la que sólo gana el que de mayores recursos disponga…. ¿Cómo podemos distinguirnos entonces del resto?, muy sencillo, siendo lo que somos, potenciando nuestra identidad (que es única) y no tratando de disfrazarla ni de vender lo que no somos. Evidentemente una ciudad cambiará, se adaptará y crecerá, pero será en el momento en el que deje atrás su identidad cuando realmente perderá su oportunidad pasando a ser simplemente “una más”.

PAISAJES NOCTURNOS

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Cae la noche en la ciudad, la monotonía, la desconexión con el lugar y los miedos se acentúan; paisajes que durante el día eran banales y aburridos bajan al  escalón inferior. Farolas que estén donde estén tan sólo se diseñan para el cumplimiento de la normativa de aplicación; tanta sección de calle, tanta altura de farola, tantos lúmenes…. catálogo e iluminación diseñada; acabamos de crear o al menos condicionar el paisaje que podremos ver durante muchas horas cada día ¿hemos aportado algo además de iluminación? en la inmensa mayoría de nuestras ciudades la respuesta es negativa.

¿Por qué no aprovechamos oportunidades? El sol y la luna están donde tienen que estar y nosotros no podemos intervenir en su inclinación o intensidad, pero no es así cuando hablamos de iluminación,   por lo tanto tenemos la herramienta perfecta para potenciar un recorrido, realzar un edificio, esconder lo que no nos interese que se vea, crear sensaciones cinéticas o estáticas; en definitiva incluso ciudades, barrios o recorridos que durante el día nos  aburran pueden transformarse plenamente con la llegada de la noche y pasar a ser un magnífico paisaje que despierte nuestros sentidos,  nos invite a recorrer, a descubrir y a  conocer. ¿Cuál es la diferencia entre ambas opciones?…. bajo mi punto vista no es económica, la causa es la de siempre, conformismo y vagancia intelectual; por tanto invirtamos la tendencia y trabajemos, los resultados de nuestro trabajo son sin duda nuestra mejor herramienta de sensibilización, empleémonos a fondo y a la vista de lo que podemos hacer, el brutal esfuerzo que hoy día necesitamos para convencer irá disminuyendo, estoy convencido.

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PARTE 02_03. ¿HACEMOS ALGO O SEGUIMOS LLORANDO?

Como continuación al post anterior, hoy trato de bucear en posibles soluciones a nuestro paisaje de crisis generado por obras paralizadas de promotores arruinados o que simplemente no les interesa continuar.

Promotores que arrancaron obras cuando comenzaba el declive y no tuvieron tiempo de reacción o no supieron hacerlo; la oferta era brutal, la demanda bajó y el crédito se cerró, con lo cual la impensable situación de no vender lo que estabas construyendo (fuera lo que fuera y donde fuera) se hizo realidad. Ante esta situación, bien las entidades bancarias dejaron de pagar certificaciones o simplemente el promotor decidió que no debía seguir invirtiendo con tan alto nivel de riesgo; dando lugar entre todos al fantasmal paisaje de nuestras ciudades (fundamentalmente de sus zonas de ensanche).

IMAG0741La bajada de precios de vivienda junto, en muchos casos, con la irreal valoración hipotecaria (realizada por dudosos profesionales, admitida por numerosas entidades financieras y permitida por los órganos de supervisión) ha dado lugar a que lo ejecutado por los promotores vale menos que lo prestado por los bancos, con lo cual ya no tengo claro si el problema es del primero o del segundo.

Siempre he defendido que “el riesgo dignifica el beneficio”, por tanto nunca he criticado al promotor que legalmente ganaba millones en sus promociones; él arriesgaba  y recogía beneficios, por tanto el que quisiera tenía la puerta abierta, sólo había que saber hacer y arriesgar; ahora bien, “riesgo” significa que te puede salir mal con lo cual igual que a las buenas recogimos beneficios ahora son las malas y toca pagar.

No obstante lo anterior, ya he dicho antes que el promotor no era el único actor en esta función; las sociedades de tasación contaminadas ganaron mucho dinero a base de tasaciones “a medida”, los bancos obtuvieron beneficios espectaculares y los órganos de control simplemente no hicieron nada, por tanto a todos les toca bajo mi punto de vista responder en este momento.

Los promotores deben cumplir su obligación de edificar en plazo (fijada en licencia) y si no pueden o no les interesa, deberán malvender, aunque se pierda dinero o no se cubra ni siquiera la deuda pendiente, recordemos que estábamos en un deporte de riesgo y hemos perdido, al menos su cuenta será menos negativa.

Las sociedades de tasación corruptas deberán pagar su falta de ética y profesionalidad, con la misma responsabilidad que se nos exige a cualquier profesional.

Las entidades financieras, como beneficiarias del sistema creado, deberán participar en la solución, bien abriendo crédito, bien haciendo quitas o bien como socio capitalista.

Por último los órganos de control y administraciones que no velaron, deberán responder poniendo los medios económicos o legales para resolver el problema.

No existe legislación que sustente esta línea de actuación, pero las leyes están para resolver problemas y cada día vemos como nacen, se derogan o se modifican, por motivos muchas veces caprichosos, partidistas o de dudoso interés, por tanto no me vale la respuesta de “… la ley no contempla este supuesto…”.

¿HACEMOS ALGO O SEGUIMOS LLORANDO? 01

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Pensando en el post que publiqué la semana pasada sobre “Paisajes de la crisis”, leo hoy en el diario El Mundo un artículo titulado “Cicatrices del boom del ladrillo en el paisaje irlandés”; rápidamente me dispongo a leerlo con la ilusión de encontrar respuestas o al menos algo de luz a las cuestiones que yo mismo me planteaba hace unos días; no obstante a los dos minutos puedo comprobar que se trata de una falsa alarma, la distancia o la diferencia del clima Madrid-Dublín parece que no afecta en absoluto y encuentro el mismo escenario en ambos casos.

Tras comentar el brutal número de viviendas deshabitadas o de urbanizaciones fantasma, la secretaria de Estado de Vivienda y Planificación tan sólo cita tímidas medidas (que reconocen poco eficaces) que se centran en propuestas de alquiler social y de trabajos de mantenimiento por cuestiones de salubridad y seguridad; en un momento brillante deja ver que no existen soluciones universales, por lo que habría que decidir caso por caso; pero finalmente tira por tierra el discurso reconociendo que lo que se debe hacer con lo que se encuentra a medio construir es sencillamente demolerlo…. ¿no íbamos a estudiar caso por caso?.

Como creo que sobran ya artículos pesimistas, voy a tratar de darle al post un sentido práctico de avance, de inmersión en el problema y de búsqueda de soluciones.

Reconociendo que no es posible encontrar el “elixir mágico” que dé respuesta a  la enorme casuística de la cuestión, empecemos por diferenciar situaciones de propiedad de esas estructuras fantasmas y veamos las siguientes posibilidades:

– Propietario = Entidad financiera

– Propietario = Promotor arruinado

– Propietario = Promotor no arruinado, simplemente sin clientes y sin prisa por ejecutar.

La extensión del tema y el interés con el que lo quiero abordar me llevaría a un post excesivamente largo y quizá pesado, por ello lo divido en tres artículos abordando hoy el primer supuesto y dejando los dos restantes para sendas entradas en los próximos días.

1. EL PROPIETARIO ES UNA ENTIDAD FINANCIERA que lo ha recibido como dación en pago. En la situación actual no genera beneficios, sólo gastos en impuestos y mantenimiento. Si  hacemos caso a la propuesta irlandesa y lo demolemos, tendremos ahora un solar baldío en lugar de una estructura abandonada (no soñemos que el banco va a reconvertir el terreno en los campos que un día fueron, las entidades financieras trabajan con dinero, ni son, ni saben, ni quieren ser agricultores) ¿Hemos ganado algo con el cambio?¿qué hacemos con el solar baldío?…. y además ¿quién ha pagado la demolición?¿quién ha indemnizado al banco por demoler su estructura abandonada que algo valdría?, creo que este no es el camino.

Nos planteamos ahora que las entidades financieras se reconviertan en promotoras y terminen con fondos propios las construcciones paralizadas, de esta forma dejaremos de ver ese paisaje decadente “a medio hacer”; sería una buena opción si no existiese el exceso de vivienda construida vacía que tenemos en España y además los bancos fuesen una ONG sin ánimo de lucro; pero no es así, los bancos como cualquier empresa trabajan para ganar dinero y si no hay clientes es absurdo invertir en un producto que tienes claro que no te van a comprar; por lo tanto esta opción tampoco vale.

Si ahora planteamos la solución del alquiler social, volvemos a tropezar con la misma piedra; el banco sigue sin ser una hermanita de la caridad, por tanto no va a invertir en terminar un edificio para cederlo en alquiler social y no obtener un beneficio; podría hacerlo en determinados casos como Obra Social pero no desde luego como criterio general para la inmensa bolsa de la que disponen hoy día.

Como vemos que los caminos se cierran a las salidas tradicionales, cambiemos el enfoque, no lo tratemos como algo que nos queremos quitar de encima rápido y de la forma menos dolorosa , pensemos por un momento en la posibilidad de que se convierta en una inversión a largo plazo. Partimos del hecho de tener un producto (una estructura o un edificio vacío) que no produce y además genera gastos; arranquemos en primer lugar dándonos cuenta de que la “necesidad” real o ficticia que pretendía cubrir ese producto ya no existe y por lo tanto no debemos seguir perdiendo el tiempo en esa línea. Miremos a nuestro alrededor y veamos qué ocurre, cuales son los sectores activos; al menos en el mío veo varios sectores “inquietos”, el de los emprendedores que día tras día tratan de encontrar  la forma de lanzarse al mercado con productos o servicios innovadores, el de las nuevas fórmulas de trabajo como el coworking, el de las empresas sociales, el del empleo verde, el del ocio, el del deporte; muchas cabezas pensando, con ganas de arrancar y con el mismo problema, la falta de financiación para instalarse.

Ahora me preguntó ¿sería posible instalar un centro de coworking en un edificio de viviendas vacío? ¿sería viable modificar un proyecto de viviendas en estructura y transformarlo en un centro de ocio? ¿sería posible crear una incubadora de empresas en una hilera de dúplex adosados? ¿se podría instalar una guardería en una vivienda unifamiliar con jardín? ¿y un centro de día para mayores? ¿se puede instalar un parque de bolas para niños en una nave?…. la respuesta es afirmativa en todos los casos, pero nos sigue fallando un punto, no tenemos dinero para alquilar o comprar el local y el crédito está cerrado, con lo cual se cierra el círculo.

Tratando de abrir el círculo, me planteo qué ocurriría si el propietario (banco en este caso) asume que ya no tiene un producto que se desarrolla y vende a corto plazo con un beneficio del 25 -30% y comprende que la única salida es el medio-largo plazo con reducción de margen de beneficios ¿qué pasaría si en lugar de mantener edificios vacíos generando gastos los pusieran a disposición de emprendedores formando sociedad con ellos a modo de socio capitalista aportando el local? si la empresa tiene éxito comenzará a recibir no sólo el alquiler sino también beneficios directos de la empresa e indirectos por la actividad económica generada en su entorno inmediato, mientras que si no lo hace estará como ahora mismo pero al menos no habrá tenido gastos.

Igual que hemos dicho que las entidades bancarias no son agricultores, también está claro que no son ni quieren ser inmobiliarias que aporten su producto a una empresa, su trabajo estaba en otros frentes,  y esa es la clave …. ESTABA, hablamos en pasado, el escenario es radicalmente distinto por lo tanto necesita nuevas respuestas,  investiguemos y discutamos líneas como la que humildemente propongo en este post y dejemos de darnos coscorrones con la misma piedra una y otra vez; aportemos ideas ya que como podemos ver ni nuestros políticos ni los de Irlanda parecen tener la solución.

¿PODEMOS RESUCITAR NUESTROS JARDINES?

El frenético ritmo de crecimiento, la desgana y realmente la consideración de la ciudad como una acumulación de viviendas y no en sí misma como algo positivo,  ha llevado en la planificación actual a un cambio de papel de los espacios verdes; ha pasado en gran número de ocasiones de ser un elemento de disfrute, de relación social y de articulación de la trama; a ser simplemente uno más de los “molestos estándares urbanísticos a cumplir”. Este hecho lo vemos reflejado a diario en jardines junto a autovías (citados como “colchón verde”, ocupando la zona menos habitable y dejando por tanto sin verde la zona habitable), con geometrías que lo hacen inservible, salvo para ir y venir (sin que nada nos llame a hacerlo) o simplemente desconectados de la trama, con lo cual no “se pasa por el jardín” sino que necesariamente “hay que ir al jardín”.

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Como decía Jane Jacobs “La gente no usa los espacios abiertos urbanos porque estén cerca de sus casas, ni porque los diseñadores y urbanistas deseen que los usen…. algo más se necesita“, pues bien, no aportamos ese “algo más”, con lo cual pasamos de un elemento potencialmente positivo a un elemento a esquivar en muchas ocasiones, desolado, triste, que costó dinero, que cuesta mantener y que realmente poco aporta (al menos en relación con lo que podría).

Frente a este hecho fácilmente observable en cualquier ciudad, la reacción sigue siendo la misma… nula… ¿Por qué seguimos haciendo lo mismo si vemos que no funciona? y dicho esto, intentando avanzar y ser práctico ¿Podemos resucitar los existentes?.

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Sinceramente entiendo que sí. Estos espacios son como son, no van a crecer, a cambiar su geometría ni mucho menos su ubicación; por lo tanto tenemos dos opciones mantener el cadáver momificado o actuar para el cambio.

¿Qué les falta a estos lugares para ser atractivos, ganar sensación de seguridad y convertirse en un sitio al que nos apetezca ir (ya que como he dicho no están planteados para “pasar de camino a…” o “encontrar de repente “)? Muy sencillo, GENTE Y ALGO QUE HACER; lo segundo evidentemente llama a lo primero. Cualquier ciudad tiene cientos o miles de aficionados al ajedrez, al patinaje, al teatro, a la literatura, a las artes marciales, al Tai Chi, a la gimnasia, al running, a la música, al baile, a los objetos antiguos, a los libros de segunda mano, al agility, etc…. ¿He dicho alguno que no se pueda practicar al aire libre? …. creo que no, al menos en mi clima mediterráneo y durante el 90% de los días del año; ¿Por qué no fomentamos entonces esos usos específicos y le damos vida a esos espacios? Cualquiera de las actividades citadas junto con una pequeña cafetería o terraza no sólo atrae a los usuarios sino también a los paseantes, creamos espacios de disfrute y sobre todo de relación social.

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Frente a esta propuesta, la respuesta habitual podría ser la imposibilidad de inversión en la actual situación de crisis, pues bien, a los que piensan que no hay dinero o no merece la pena gastarlo en esto, les recomiendo una cosa, váyanse a la ciudad de Nueva York y visiten Central Park (la escala es brutal pero el concepto es el mismo), si pueden háganlo especialmente un sábado; podrán comprobar lo que da de sí un escalón en el que sentarse una persona a leer cuentos o poesía; tres bancos de madera en los que improvisar un concierto de violín o seis botes vacíos de Coca-Cola y un señor patinando; les aseguro que cambiará su concepción de “inversión necesaria”.

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Cuando en la Escuela de Arquitectura nos hablaban del Genius Loci, de su necesaria vinculación con el proyecto, de la indisoluble relación que debía tener el medio con lo que empezásemos a crear en nuestra cabeza; todo estaba claro, es evidente, la arquitectura debe establecer un diálogo con su entorno, de la forma que sea, que será o no discutible, pero nunca obviándolo.

Llegan los proyectos de viviendas y algún edificio singular en medio rural, hasta aquí todo perfecto, “leemos” el entorno y tratamos de establecer con el proyecto el deseado diálogo…. pero ¿qué ocurre cuando llegamos a la ciudad?, nos sentamos delante del solar y nos preguntamos ¿Cuál es el genius loci? ¿Puedo “leer” algo?  ….. ¿Tiene en cuenta nuestra planificación urbana el carácter del lugar?

Nuestros antepasados siguiendo las indicaciones de la funcionalidad,  el aprovechamiento del medio o la protección frente al mismo, generaron una serie de criterios, un carácter y unas costumbres propias e intransferibles del lugar, estaban creando el genius loci de su ciudad; hoy día sin embargo, el desarrollo de las urbes, su crecimiento y más recientemente las “modas” han terminado por exterminarlo o al menos desvirtuarlo en tal medida que lo hacen irreconocible en la mayoría de los casos… ¿Esta tendencia es un problema?

Bajo mi punto de vista sí, es un problema grave; vamos ganando banalidad y por tanto perdiendo una identidad que, además de crear arraigo y sensación pertenencia, era el resultado de unas necesidades funcionales; y si algo funciona  es valorado, estimado y nos hace sentir bien.

Un ejemplo claro lo veo todos los días en mi ciudad (Murcia) en España pero de origen árabe, con una trama original irregular de estrechos callejones, que respondía al simple hecho de contar con más de 40 grados a la sombra durante los meses de verano; llega una primera evolución y se mantiene el ancho de calle pero se incrementa en gran medida la altura de los edificios, sigue existiendo sombra pero comienzan los problemas por la sensación de “techo” en la calle; ante esto y con las corrientes higienistas pasamos a los ensanches con amplias avenidas que además den cabida al tráfico, ya no tenemos el problema de la sección estrecha….pero ¿qué ha pasado con la sombra? seguimos teniendo 40 grados y nuestro refugio pasa por escasos árboles de dudosa eficacia por su porte y por la elección de la especie.

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Tras esta etapa, llegan las “modas” y las “planificaciones importadas”, llegan la época del bulevar de amplia sección en el paseo central y reducida sección en los laterales, con lo cual los locales comerciales se sitúan donde la sección es estrecha y no se pueden ubicar donde es ancha y suficiente para el cómodo paseo; gracias a nuestro clima, nuestra costumbre es la del contacto social en las terrazas, no en situaciones laterales y de reducidas dimensiones como en París, sino en zonas amplias y bajo la sombra.

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En otras ocasiones recogemos las “plazas duras” centroeuropeas con la intención de potenciar la contemplación de determinadas elementos de interés, como el caso de la plaza que da acceso a nuestra Catedral, con lo cual tenemos una atractiva plaza durante el invierno pero en verano, las personas que la transitan lo hacen a modo de carrera de hormigas junto a las fachadas de los edificios, como si de gatos se tratase; salvo algún osado viandante que se aventura al trayecto central, mientras las cafeterías recurren a los toldos como única solución para mantener las terrazas; ¿qué hubiese sido preferible contemplar la Catedral filtrada o tamizada por arbolado estratégicamente escogido o dejar la solución de manos de los propietarios de las cafeterías desviando el resultado al mejor o peor diseño de la publicidad de sus toldos?

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Por lo tanto repito,  cuando en la planificación obviamos el genius loci si estamos generando  un problema; queda claro que hay que evolucionar y sobretodo dar cabida a brutales incrementos poblacionales, también es evidente que la ciudad antigua tenía innumerables problemas; pero ¿Por qué desechamos sus virtudes? ¿Volvemos a hablar de vagancia intelectual?