Categoría: PAISAJE URBANO

COVID19 _ ESPACIO PÚBLICO SENSORIAL Y PEQUEÑO COMERCIO

Hoy nos planteamos cuáles son las sensaciones que desarrollamos al recorrer una calle de barrio un día cualquiera durante la crisis del COVID 19; una acera de tres metros de ancha con alcorques para arbolado que la reducen a dos metros y aparcamiento en línea.

Consideramos una calle poco transitada, que pasa una persona de media cada minuto; parece poco, pero de 8:00 a 22:00 habrán pasado 840 personas. También muchos no tienen en cuenta lo que podemos hacer los arquitectos para ayudar a salir adelante en esta crisis o simplemente no lo valoran; yo realmente si consiguiera aportar algo positivo a la sensación de 840 personas al día estaría realmente contento.

Trato de ver cuáles son las sensaciones de los usuarios de ese espacio público, qué piensan al utilizarlo…..

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La pequeña cafetería de toda la vida se está hundiendo porque la limitación de aforo no le permite cubrir gastos y no tiene terraza, el dueño que siempre bromeaba ahora está cabizbajo; el tendero de la pequeña frutería de barrio tiene el mismo problema, la tienda es pequeña y los clientes deben entrar de uno en uno, es más fácil pedir on line la compra y él se va a la ruina; el que tomaba café todas las mañanas en el bar añora ese momento de relax; el que se ha encontrado con un amigo ya no está cómodo, no sólo tiene que mantener la distancia con el amigo, además se da cuenta de que está obstaculizando la calle; el viandante que ve venir otra persona y empieza a pensar dónde se mete para mantener los dos metros y la pareja que andaba por la acera decide cruzar aunque no haya sombra para evitar riesgos…. la verdad es que es un escenario de malestar generalizado.

Ahora planteo dos pequeños cambios frente al bar y la frutería:

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El bar ahora tiene tres mesas de terraza, la frutería ahora expone su género a la calle y existe un espacio de cruce y/o parada en la acera.

¿Cuáles serán ahora las sensaciones?

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El del bar está viendo que es posible que vuelva a salir a flote porque puede servir 10 o 12 servicios en terraza sin riesgo; el de la frutería ahora puede vender y empieza a ver que podría conseguir ganar la batalla y no tener que cerrar la tienda de toda la vida; el que tomaba café ahora lo sigue tomando y empieza a pensar que es posible volver a una situación parecida a la que teníamos, tenemos que ceder una cosa menos; la pareja que antes cruzaba por miedo al cruce inseguro, se ha parado y está comprando como ha hecho siempre, vuelve a casa con un punto de estrés menor porque no ha perdido al menos la libertad de comprar donde quería comprar; los amigos que se encuentran están relajados charlando porque están en un espacio seguro, no molestan y además se pueden sentar; la chica que antes se agobiaba pensando cómo se iba a cruzar ahora está tranquilamente esperando a que pase el otro pero en un sitio seguro; el que caminaba pensando qué desastre,  hemos perdido nuestra forma de vida, ahora se va pensando que de verdad estamos ganando, que estamos volviendo a vivir.

Y ahora me planteo cuál es la diferencia del espacio público entre ambas situaciones y veo que la operación es muy sencilla, hemos cambiado la situación de malestar emocional por una de bienestar y de ilusión por salir adelante y eso nos ha costado cuatro plazas de aparcamiento; hemos cambiado la “incomodidad” de buscar otro aparcamiento o caminar un poco más de cuatro personas por la sensación positiva de 840 personas.

ESQUEMA

                                        ¿No os parece una opción rentable?

LA CIUDAD FRENTE AL COVID, EL CÓMO FRENTE AL CUÁNTO Y QUÉ

Sobre el uso del espacio público, llevamos días y días escuchando hablar sobre la famosa “desescalada”;  qué va a estar permitido y qué prohibido en nuestras ciudades, cuánto tiempo podremos salir a la calle, qué podremos hacer y qué no, cuántas personas podrán entrar en el bar, cuántos al centro de trabajo, qué tipo de negocios pueden tratar de arrancar y cuáles no….. cuánto, cuánto, qué, qué…… hay algo que no cuadra.

Todavía no nos hemos cargado a este virus porque es nuevo, desconocido; los medios tradicionales no valen, da igual la cantidad de fármaco tradicional que utilizásemos porque no es el que necesitamos.

Con la ciudad vamos a lo mismo, tenemos un enorme problema que nunca antes habíamos visto; existe riesgo de contagio, la sociedad lleva semanas encerrada con ansiedad por salir pero a la vez con miedo a hacerlo, necesitamos trabajar y producir, y como seres sociales necesitamos volver a relacionarnos con los demás.

Frente a este desconocido problema cuya solución no está en los libros, veo en lo que se refiere al uso de la ciudad propuestas que nos dicen que van hacia la “nueva normalidad”; aforo limitado en cafeterías, restaurantes,  comercios, transporte público, franjas horarias para pasear o hacer deporte, cuánto te puedes alejar de casa, etc.  Es decir se plantea hacer lo mismo que hacíamos pero en menor cantidad; entiendo que el razonamiento es que si hay menos cantidad,  la probabilidad de contagio baja;  que si se abren “un poco” los comercios se evitará parcialmente la ruina de los comerciantes y que si podemos salir “un poco” la ansiedad de la sociedad se verá reducida… ¿De verdad alguien cree que un restaurante, una cafetería, un cine o una sala de conciertos puede abrir con el 30% de su aforo? ¿Alguien puede pensar que la relación entre costes y aforo es lineal? ¿A alguien le apetece para relajarse salir a comer con su pareja, sentarse en un restaurante entre separadores  de metacrilato como algunos proponen, con olor a gel desinfectante y rodeados de gente con guantes y mascarilla? … yo esa nueva normalidad ni me gusta ni me la creo.

¿Por qué seguimos intentando usar la ciudad como antes si ahora mismo no es posible? Usarla como siempre pero “sólo un poco” ni nos va a satisfacer ni va a evitar la ruina.

¿Por qué no asumimos que no es posible esa salida, la descartamos y buscamos otra? ¿Por qué no nos olvidamos del “qué” y del “cuánto” y empezamos a diseñar el “cómo” utilizamos esa ciudad?.

Tenemos una enorme extensión de espacio público como tablero de juego; antes cada parte se usaba para determinados usos que entonces teóricamente nos servían y cada uno tenía en mayor o menor medida cubiertas sus necesidades; ahora las necesidades temporalmente son distintas, necesitamos espacios abiertos, necesitamos distancias entre nosotros, necesitamos en definitiva alternativas al uso que hasta ahora le dábamos al espacio público.

  • ¿Pasa algo si la pequeña cafetería de barrio, sin terraza, que nos ha puesto siempre el café por la mañana, ahora ocupa cuatro o cinco plazas de aparcamiento para una terraza y se le permite servir sólo en terraza?.
  • ¿Pasa algo si el restaurante que necesita 30 cubiertos al día para cubrir gastos amplía temporalmente su terraza para poder dar servicio a esos 30 cubiertos?
  • ¿Pasa algo si los mercados y mercadillos ocupan ahora el doble de calles que ocupaban antes y así puede haber distancias de seguridad?
  • ¿Pasa algo si algunas calles se cierran al tráfico y se convierten en zonas peatonales y de juego para que todo el mundo tenga un espacio de expansión cerca de casa y así no se concentren en los grandes jardines?
  • ¿Pasa algo si permitimos a los cines, teatros y salas de concierto sacar sus proyecciones y representaciones a la calle y así, sin perder seguridad, mantenerse y dar servicio de ocio a la sociedad?
  • ¿Pasa algo si fomentamos de verdad el uso de la bicicleta y así descongestionamos el transporte público?
  • ¿Pasa algo si las numerosas instalaciones deportivas públicas se destinan por ahora a actividades seguras, deportivas o no, para los niños que ya no tienen colegio y sus padres se reincorporan al trabajo presencial?

 

Yo creo que si pasa algo, pasa que sin perder seguridad, me habré tomado el café de todos los días en el bar, habré charlado con el camarero, habré ido a cenar con mi mujer una noche a una terraza, habré comprado fruta en el mercado de los jueves, habré paseado con mis hijos por una zona segura en la que habrán podido divertirse al aire libre, habré podido ver una película en un cine de verano urbano, me habré movido en bici por la ciudad con sensación de seguridad y tendría opciones de ocio o formación para mis hijos….. esa “nueva normalidad” si me la creo, pero para eso toca olvidar viejas herramientas, romper barreras, abrir la cabeza y sobre todo trabajar, eso es lo que creo que le toca a los que tienen capacidad de decisión sobre el espacio público.

PAISAJES EN BLANCO Y NEGRO

Dicen que la “imaginabilidad” de un paisaje es la capacidad del mismo  para quedar grabado en tu memoria, sus rasgos caracterizadores que conforman la imagen mental que llevas a tu cabeza cuando lo recuerdas… algo que como entra en lo subjetivo normalmente no se analiza a la hora de crear o modificar la ciudad por aquello de que cada uno hará su propia interpretación o la maldita frase de “para gustos los colores…”.

Yo en este post os muestro la imaginabilidad creada en mi cabeza de un paisaje concreto, el de varios pequeños pueblos en un entorno rural del sureste de Francia, y en una época del año determinada, el invierno.

Un paisaje urbano que incita a la fotografía en blanco y negro, donde la humedad y el frío manchan de negro la piedra y los enfoscados; donde los enormes y muy frecuentes árboles de hoja caduca se imponen como grandes esculturas misteriosas y acentúan la sensación de frío y viento; donde el color de las contraventanas son el único reducto que se salva del gris y el pardo… en definitiva un conjunto de elementos que crea y transmite sensaciones que por muy subjetivas que sean poco aportan a la alegría o a las ganas de disfrutar del espacio público.

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Imagino que en primavera y verano todo cambiará y si los vuelvo a visitar quizás cambie mi imagen mental, los árboles tendrán hojas que darán sombra y es probable que entonces la gente se anime a salir a la calle y la escena sea radicalmente distinta; mientras tanto sus habitantes siguen hibernando, su espacio público o el conjunto de elementos formales generador de sensaciones es sencillamente sólo apto para verano y todo provocado por aquello que siempre queda de lado…lo subjetivo.

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LA BALANZA DE LOS CASCOS ANTIGUOS

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Esta semana he podido visitar dos cascos antiguos en sendas ciudades de tamaño pequeño-medio; en ambos casos puedo comprobar intenciones de mejora del espacio urbano, y digo intenciones porque los resultados dejan bastante que desear.

He escuchado distintos argumentos sobre las posibles soluciones al despoblamiento de los cascos antiguos y realmente me sorprende cuando la idea mayoritaria en determinados foros es que la solución pasa necesariamente por eliminar las barreras que impiden el cómodo acceso en coche y el correspondiente aparcamiento bajo tu casa; según ellos todos queremos llegar con la compra hasta el sótano de casa y meterla en el ascensor cómodamente, o como máximo estamos dispuestos a dejar el coche en la calle siempre y cuando esté a menos de 20 metros del portal; resuelto este problema tendríamos los cascos antiguos llenos de gente viviendo en ellos y según estas opiniones de esta forma se irían creando pequeños comercios de barrio que son los que dan vida a la ciudad para dar servicio a esa nueva población…. frente a esto me pregunto dos cosas:

1- ¿No es esto tan absurdo como aquello de decidir hacer una urbanización en un paisaje maravilloso para disfrutar del mismo? (Cuando dicho paisaje precisamente deja de existir cuando se hace la urbanización).

2- Esa ansiada vida de barrio y pequeños comercios (fruta en la calle, olor a pan, conversación con los vecinos y los tenderos) ¿Es realmente la vida que busca el que quiere llegar con la compra de toda la semana al garaje de su casa?

Evidentemente a todos nos gustan las comodidades, pero igualmente evidente es que a la hora de optar por un lugar de residencia valoramos ventajas e inconvenientes en función de nuestros ritmos y costumbres de vida ¿Qué pesa más? La comodidad del aparcamiento y poder salir y entrar rápidamente y con fluidez o la posibilidad de vivir en un entorno histórico e interesante a diferencia de los banales barrios de ensanche … pues claramente la respuesta es DEPENDE.

Depende de si tengo tiempo y ganas de disfrutar del entorno o sólo necesito un espacio en el que cenar y dormir.

Depende de mi escala de valores, de mis intereses o mis inquietudes.

Depende sobre todo de qué me ofrece cada una de las partes de la balanza; si las calles tienen fuerte pendiente, no puedo llegar en coche, las viviendas son viejas y no hay nada que contrapese la balanza, la elección parece bastante clara.

Como ejemplo, en el último estudio que hicimos sobre la ciudad de Murcia, comprobamos como los valores de vivienda y locales comerciales alcanzaban sus cotas más elevadas en la zona de la Gran Vía Escultor Salzillo y en las calles Trapería y Platería (casco antiguo); en el caso de la Gran Vía se puede acceder en coche pero no se puede parar ni estacionar ni, salvo escasas excepciones, los edificios cuentan con garajes; en el caso del casco antiguo, se trata de calles peatonales ¿Qué ocurre entonces?, esa incomodidad queda contrarrestada por calles plagadas de comercios, cafeterías, gente, actividad, un entorno cuidado y conservado y por qué no decirlo por el estatus social que se considera mejorado al “vivir en el centro”  ; sea por lo que fuere, el hecho de no llegar con el automóvil a la puerta parece quedar relegado a un segundo plano de importancia.

Por suerte todos no pensamos igual ni buscamos lo mismo y la gran virtud perdida de la ciudad es precisamente la de aportarnos capacidad de elegir, por tanto debe tener cabida para todas las balanzas o escalas de valores, para unos la opción será el apartamento junto al nudo de autovía y para otros el casco histórico; las dos son posibles si las dos le aportan calidad de vida al “usuario”; es tan sencillo como eso, el del ensanche no disfruta del entorno histórico y el del casco antiguo no lo hace de la rapidez del automóvil, cada uno valora y decide; lo que resulta absurdo es pretender llevar ese nudo de autovía al casco antiguo y que además lo siga siendo.

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CONSUMISMO DE VIDA PÚBLICA

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Siempre he pensado que uno de los mayores fallos de las Administraciones es que su organización se diferencie tanto de la de de una empresa privada, en materia fundamentalmente de calidad, productividad, recursos humanos y cumplimiento de objetivos.

Toda empresa medianamente seria, antes de lanzar un producto hace un estudio de mercado buscando conocer o prever el nivel de aceptación que dicho producto tendría, y en función de los resultados se fabrica o se desecha la idea; trasladando esta situación a la planificación de ciudades me pregunto qué pasaría si antes de acometer acciones de mejora del espacio público, de avance en materia de sostenibilidad urbana o por ejemplo de potenciación de la ciclabilidad de núcleos urbanos; hiciésemos un “estudio de mercado” preguntando a nuestros “clientes” (sociedad) sobre la posible aceptación de dichos “productos”…. no me refiero a preguntar si les gustaría una ciudad más verde, más limpia, más sostenible, con mayor actividad humana en la calle; esa encuesta sería inútil ya que no nos informa sobre la viabilidad o la posibilidad de éxito, las bondades de esas acciones son de sobra conocidas por todos; cuál sería la respuesta si las preguntas son del orden de ….¿Qué estaría usted dispuesto a aportar? ¿En qué aspecto estaría dispuesto a ceder? ¿Cómo ayudaría a su mantenimiento?… creo sinceramente que, en caso de tratarse de una empresa privada, el resultado de esta segunda encuesta dejaría aparcada la inmensa mayoría de proyectos por inviables.

¿Cuál es el camino entonces? ¿Nos dedicamos a sensibilizar durante años cuando realmente los que se interesan por esas actuaciones de sensibilización son las personas que ya están sensibilizadas?  ¿Planteamos acciones e inversiones sin considerar la posibilidad de éxito y esperamos a ver qué pasa?…. Cuando la gente protesta porque un domingo se corta el tráfico de una calle para una maratón, cuando los peatones invaden los carriles bici, cuando las bicis invaden las zonas peatonales a modo de velódromo, cuando corto el tráfico aparcando en doble fila para ahorrar 30 céntimos de parking o 50 metros de “caminata” y cuando las arcas de las Administraciones están vacías, creo que ninguno de estos es el camino a seguir.

Volviendo al mundo de la empresa privada, vemos la técnica de las muestras de perfumes, de productos para bebés o de alimentación; son artículos de bajo coste que nos permiten probar el producto y si nos gusta y nos engancha comenzamos a demandarlo; ¿no sería esta una opción válida en la planificación de ciudades?; como hemos comentado en otras entradas, hacer una calle peatonal durante un tiempo no implica necesariamente una gran inversión, sólo necesita que no pasen los coches, los peatones también pueden andar por el asfalto; la pintura puede transformar una línea de aparcamientos en un carril bici; una mesa con unos bancos puede  convertir un espacio inútil en un centro de reunión y contacto en el barrio; permitir ordenadamente la instalación de puestos en la calle puede transformar un aburrido trayecto en un interesante paseo…. esas serían las muestras de bajo coste y si nuestro consumismo de vida pública, de sostenibilidad y de calidad de vida urbana se despierta, entonces será el momento de las grandes actuaciones.

EL ARTE DE HACER Y RECICLAR CIUDADES

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Cuando el profesor Joaquín Arnau (Arquitecto y músico) en sus clases de Estética y Composición nos explicaba en la Escuela de Arquitectura de Valencia la importancia del ritmo en la arquitectura vivíamos un ejemplo de la pasión que una persona puede desarrollar por su trabajo, trataba de inculcarnos la idea del proyecto global, de la unión melódica entre las partes, de las sucesiones, todo ello como si de una pieza musical se tratase; la obra de arquitectura no es una foto fija sino un recorrido de sensaciones entrelazadas, siendo este uno de los maravillosos rasgos diferenciadores del arte de la arquitectura, que a diferencia de la escultura, la pintura o la fotografía va más allá de crear una sensación, tiene que conseguir entrelazarlas y crear una secuencia rítmica.

Pasando ahora al arte de diseñar y reciclar ciudades o barrios, las teorías de Gordon Cullen nos indican la necesidad de crear un “punto y seguido” en los recorridos urbanos “un incidente” que nos haga parar (física o mentalmente), que despierte nuestros sentidos; Jane Jacobs analiza la necesidad de crear usos atractivos que diluyan el efecto de las fronteras en los bordes y por último Jaime Lerner nos habla de Acupuntura Urbana; el efecto perseguido es el mismo en los tres casos, la apropiación del espacio público por parte de los ciudadanos mediante acciones puntuales; pero no creo que debamos confundir estás magníficas teorías con la obra pictórica, la escultura o la fotografía, habríamos conseguido despertar los sentidos, incluso el disfrute puntual, lo cual sería un éxito frente a la banalidad que impera en nuestras ciudades; pero faltaría aquello que nos explicaba el profesor Arnau, la secuencia, el ritmo, el conjunto…¿cuánto dura la sensación de bienestar que ha provocado en mí un impacto positivo? ¿cómo se diluye si hay impactos negativos? ¿cómo lo enlazo con el siguiente “soplo de vida”? ¿cómo gradúo su intensidad?….desde mi punto de vista el planeamiento y la respuesta a dichas preguntas sería realmente “el arte de hacer ciudad”.

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CALLES TRANSPORTADORAS

En principio, y todavía en otras culturas distintas a la occidental, la calle era concebida como un lugar de encuentro, de relaciones, de intercambio, de enriquecimiento, de desarrollo personal; después llegó el “progreso”, la velocidad, la oportunidad de comprar todo en un mismo sitio y en un sólo momento, la idea de que la zonificación y la segmentación de usos era un camino a seguir…. ahora no “pasamos por el jardín” hay que “ir al jardín”, tenemos también la zona de aperitivos, la zona de compras, la zona de bancos, la zona universitaria…etc; y entre todas ellas (precisamente donde vive el 90% de la gente) una malla que muchos de forma positiva comparan con el sistema arterial del cuerpo humano …. “grandes arterias que estructuran todo y redes capilares que se ramifican”… creo que comparar nuestras calles y sobretodo su funcionamiento con la increíble eficiencia del cuerpo humano es bastante desproporcionado; yo más bien lo comparo con cintas transportadoras de “trozos de carne”.

Desde que las aceras se convirtieron en “aquello que sobra entre los edificios y las calzadas” o en “aquello a lo que se suben los viandantes para no ser atropellados y poder acceder a sus viviendas”,  nuestro papel en esas calles secundarias o fuera del radio de influencia de actividades potentes se parece más a una cinta transportadora que a cualquier otra cosa; somos “elementos” que se desplazan desde una fase del proceso productivo a la siguiente, el medio en el que nos movemos no permite o fomenta la relación, no hay enriquecimiento, no hay diversión sensorial, no hay relax… todas las ventajas que caracterizan al hombre como ser social quedan centradas en zonas concretas y diluidas en el resto de la ciudad, en ese momento pasamos a ser “trozos de carne transportados”.

A esta situación nos lleva simplemente el conformismo frente a unas verdades asumidas como válidas que realmente comprobamos hace mucho tiempo que no funcionan; la dimensión adecuada de una acera no es la que dice la normativa, lo más importante de un vial no es que me quepan más carriles,  el número de árboles no debe ser determinado por una tabla universal; lo importante de una calle es que sea capaz de crear el escenario para nuestro desarrollo y eso no está ni en las tablas ni en el Neufert.

¿Dónde empieza?¿Dónde acaba? ¿Qué intermedios existen o pueden existir en el recorrido? ¿Cuando le da el sol? ¿Quién la usa? ¿Para qué la usa? ¿Qué déficits tiene? ¿Qué potencialidades? ¿Puedo pasear o me aburro? ¿Puedo descansar o me estreso? ¿Pueden jugar los niños o sería un peligro? ¿Me puedo parar a charlar un rato con un amigo? ¿Podría haber tiendas con género en la calle? ¿Y terrazas? ¿Podría buscar sinergias con las colindantes?…..Es mucho más sencillo entrar en tablas y decidir que la acera debe ser de 1,50 ml de ancho y centrar la atención en que en zonas con farola o papelera cumpla que al menos haya 1,20 ml … y ese es verdaderamente el gran problema.

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Al igual que en paisaje, cuando hablamos de funcionamiento de nuestras ciudades llega un punto en la discusión en el que llegamos a lo tremendamente complejo y lo que para algunos es mucho peor… lo subjetivo… ese el momento en el que se decide la marcha atrás, la vuelta a lo conocido, el temor o la vagancia por investigar y mejorar; pero el funcionamiento de las ciudades es enormemente complejo y la felicidad del ser humano llega de lo subjetivo con lo cual, si dejamos fuera de juego estos dos factores sencillamente seguiremos nuestro proceso de transformación en “trozos de carne transportados”.

CIUDADES VULNERABLES

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Fte: Atlas de vulnerabilidad urbana

Esta semana he conocido una interesante iniciativa del Ministerio de Fomento llamada “Atlas de vulnerabilidad urbana”, tras este potente título encontramos un estudio basado en cuatro grupos de indicadores (sociodemográficos, socioeconómicos, residenciales y subjetivos); una propuesta como digo interesante como proceso de investigación siempre y cuando vaya “más allá” de la simple observación (muchos observatorios sólo observan (la parte fácil del problema), otros en un número muy inferior además diagnostican (un grado de dificultad elevado) y por último un grupo muy muy reducido además propone soluciones (lo más difícil pero en definitiva la finalidad de todos ellos)).

Según el estudio, lo que se busca es “crear un mapa de ámbitos urbanos obsoletos, desfavorecidos o en dificultades, precisados de programas o planes de rehabilitación o de actuaciones de renovación y rehabilitación urbana”, para ello vemos como el comportamiento o la tendencia de un sistema complejo como es el de un distrito censal pasa a ser simplificado mediante el estudio de 21 indicadores entre los que encontramos edad de los habitantes, tasa de paro, nivel de estudios, zonas verdes, vivienda, nacionalidad, delincuencia, ruido, contaminación, etc… sin embargo no veo nada de nivel de complejidad urbana, de mezcla de usos, de calidad de paisaje urbano, de posibilidades de interrelación y complementariedad con barrios colindantes, de elementos culturales, de lugares de intercambio y relación, etc…

Posiblemente la escala o los medios disponibles del trabajo no han permitido ahondar en estos términos, lo cual nos lleva a mi entender a resultados no sólo insuficientes sino también erróneos; a modo de ejemplo un centro histórico con gran número de edificios antiguos, con una población envejecida, con tráfico denso en sus bordes y escasez de zonas verdes puede ser plasmado como “barrio vulnerable” cuando posiblemente la complejidad urbana, la presencia de elementos culturales y la presencia de numerosos comercios hagan de la zona una de las de mayor “vida” en la ciudad; y en el caso opuesto un barrio de ensanche exclusivamente residencial, con población joven, amplias zonas verdes y bien comunicado por autovía pasará con nota el examen cuando en realidad el barrio “se muere de tristeza y de falta de vida”.

Una trama compleja donde los usos se entremezclan, donde el paisaje despierta el interés por recorrer y  donde la calle facilita, permite y potencia la relación, lleva directamente al interés por habitar, crea el escenario necesario … lo demás viene después y la vulnerabilidad deja de existir.

¿RESPONSABILIDAD POLÍTICA?

Nuestra clase política es uno de los pocos sectores que tiene derecho a equivocarse sin responsabilidad real alguna; por ello hace algunos años en mi ciudad (Murcia) se optó por el fomento a capa y espada de los centros comerciales a las afueras de la ciudad creando de esta forma una franja periurbana difícilmente gestionable en la que en escasos metros encontramos el Centro Comercial Thader, el de Nueva Condomina, el del Tiro o el de la Noria; mientras tanto el comercio tradicional de la ciudad simplemente se moría sin que ninguna política de apoyo al mismo fuese al menos visible.

En plena crisis, los centros comerciales van perdiendo fuerza, cerrando negocios y entonces alguien parece darse cuenta de la importancia del  pequeño comercio para la formación y el mantenimiento de la ciudad y de esta forma esta semana leo en el periódico como el Ayuntamiento apoya acciones como la creación de un “eje verde” (en realidad se trata de una alfombra verde) en las dos calles del casco antiguo más comerciales de la ciudad, con mensajes como “… Murcia, centro comercial al aire libre…”.

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Fte: Diario La Verdad

En el estudio de paisaje de la ciudad que recientemente terminamos en inputpaisaje pudimos comprobar tras el proceso de participación pública como la zona “preferida” para el ocio no es aquella con mayor superficie de espacios verdes o grandes paseos, sino precisamente aquella con mayor densidad de comercios; luego parece ser que efectivamente el pequeño comercio si influye en el bienestar y en la sensación de “ciudad viva”.

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Densidad de locales comerciales ciudad de Murcia

Dicho esto, la iniciativa apoyada ahora por el Ayuntamiento me parece  muy acertada de cara a la sociedad murciana y a sus visitantes, pero ¿qué ocurre con los que han quedado en el camino y no han podido soportar estos años?; hubo claramente una política equivocada que incidió negativamente en la propia ciudad, y no trato de demonizar los centros comerciales, pero si el hecho de no controlar su efecto “apisonadora” sobre el pequeño comercio tradicional; simplemente se optó por un modelo que en ese momento proporcionaba fuertes ingresos, no se analizaron los efectos colaterales o se despreciaron y ahora tratamos de enmendar nuestro error… creo que a muchos profesionales nos gustaría disponer de ese posibilidad de enmienda sin responsabilidad alguna.

Como dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, ahora que los centros comerciales han quedado en segundo plano, el e-commerce nos inunda, nos invade con la falsa lectura de ser una fácil salida a la crisis, pocos gastos y pocos medios para tener tu propio negocio; y sin duda unas ventajas muy evidentes para un comprador que no tiene tiempo de desplazarse o que simplemente quiere acceder a un mercado global. Estamos al principio de una nueva era que avanza vertiginosamente…. ¿Qué medidas se tomarán al respecto para poder seguir disfrutando de ese comercio que da vida a la ciudad? ¿Cómo se plantea la convivencia de las dos modalidades de comercio?. Imagino que simplemente esperaremos a ver qué ocurre como es habitual y si no funciona volveremos a probar otra política … total es gratis.

Este planteamiento podría parecer exagerado o fuera de lugar, pero no creo que los que vivían de las agencias de viaje, los videoclubs o los quioscos de prensa piensen que estamos exagerando.

LA INFRAUTILIZACIÓN DE LA CIUDAD

Al menos en origen la ciudad se plantea como un lugar de oportunidades; que facilite y potencie la relación social e interacción, que genere una identidad comunitaria que a su vez fortalezca nuestra sensación de pertenencia a un grupo, que permita el desarrollo de experiencias estéticas y/o culturales y por qué no, que establezca un diálogo con la naturaleza; ahora bien si estas potencialidades se quedan en el tintero, nos queda la contaminación, el ruido, la falta de intimidad, la dificultad o el coste del aparcamiento, la inseguridad derivada de la delincuencia, el no poder tener un jardín propio en el que cultivar tus propios árboles, construir una pequeña piscina o en el que jueguen tus hijos a diario con total tranquilidad…. y a cambio de todos estos inconvenientes encontramos en el mejor de los supuestos (hablo de ciudades medias, en grandes ciudades tampoco llegamos a este caso)  la ventaja de poder ir andando al trabajo, al colegio o a comprar, todo parece estar cerca y la oferta es amplia…. está bien, cumplo algunas necesidades básicas, pero ¿es suficiente? Creamos factorías de producción buscando la mayor eficiencia para la secuencia dormir-trabajar-comer-trabajar-dormir y vuelta a empezar ¿dónde hemos dejado esas potencialidades que enunciábamos al principio?  ¿Es el hombre el que tiende a infrautilizar la ciudad por sus nuevas formas de habitar? ¿O es la ciudad la que no permite desarrollar dichas potencialidades y lleva al hombre a esa forma de vida? Aunque está claro que no sólo existe el blanco y el negro, particularmente me inclino más por la segunda opción y os propongo algunos ejemplos:

– Un espacio verde diseñado estrictamente en base a los parámetros urbanísticos de aplicación puede constituir un bello espacio para ser contemplado, pero ¿por qué parar aquí? ¿por qué no seguir y diseñar para aprovechar su potencialidad como lugar que fomente la relación social y la interacción?.

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– Una acera correctamente dimensionada en base a la legislación, normalmente puede cumplir su uso (transportar personas) pero ¿por qué le pedimos sólo eso? ¿por qué no concebirla como un posible espacio de relación?.

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–  Distintas normativas nos dicen incluso el número de bancos que deben existir por m² o por habitante estimado, de esta forma son ubicados en el mejor de los casos frente a los juegos de niños para que los padres descansen mientras los pequeños juegan o frente a algún elemento destacable para facilitar la parada y la contemplación; en el resto de los casos pasan a ser simples hiladas que miran a la nada como si esperasen el paso de la procesión. ¿No se trata de unos de los elementos más simples y con mayor capacidad para facilitar la relación social? ¿Por qué escasean tanto los bancos formando grupos, enfrentados o creando recintos? ¿No es más cómodo hablar cara a cara que mirando hacia un lado? ¿Sería muy costoso poner una mesa?.

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Podríamos seguir con numerosos ejemplos, pero en todos ellos encontramos denominadores comunes cuando buscamos la causa de este “dejar pasar oportunidades”; el más claro de ellos lo vemos en la pérdida de escala y la consiguiente desconexión con el “cliente”, una “deshumanización” del proceso o al menos una consideración muy limitada de cuáles son las necesidades del hombre en sociedad; y por otra parte, como ya hemos comentado en otros artículos esa “vagancia intelectual” que nos lleva a simplemente a cumplir estrictamente estándares y no entrar en farragosas cuestiones de sistemas de complejidad organizada que, aunque apasionantes, desde luego exigirían un esfuerzo muy superior.