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EL PAISAJE COMO NARRADOR DE HISTORIAS

Parece evidente la capacidad de un paisaje para contarnos una lección de geografía, botánica o geología, una visita de campo sin duda nos puede hacer comprender en dos minutos conceptos para los que necesitaríamos horas de lectura; me gustaría sin embargo centrar este post en otro tipo de narraciones cuya existencia no parece tan evidente o al menos se encuentra muy poco valorada, me refiero al potencial del paisaje para informarnos del carácter de sus habitantes, de sus valores, de sus costumbres y de su evolución.

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La primera imagen es meramente informativa, nos muestra sencillamente la contraposición del antes y el después; la secuencia de la casa de labranza en posición dominante del cerro, a su abandono y a la “modernización” de las plantaciones; se mantiene el carácter agrícola pero una sola imagen nos hace entender y conocer su evolución.

Para comprender el segundo ejemplo, os pongo en situación, se trata de la Sierra de Almenara, una sierra prelitoral de la Región de Murcia, semidesértica, sin agua y cubierta con un manto de matorral bajo; el recorrido por sus carreteras secundarias y caminos nos muestra un medio hostil, árido, difícil…. de repente pasamos una curva y vemos como el monte bajo se ha desbrozado, la pendiente se ha modificado y ahora tenemos una plantación de cítricos (propia de zonas de regadío)…. ¿Qué nos está contando el paisaje de sus habitantes?

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Ahora llega la maravillosa subjetividad; algunos pensarán que el “autor” de este “huerto” es sencillamente un bárbaro que ha menospreciado la indudable belleza del paisaje desértico, otros sin embargo pensarán en la valentía y tesón del agricultor que no se rinde a la dureza del medio y lucha por su adaptación…. opiniones habrá para todos los gustos pero algo queda claro, el paisaje nos está contando una historia.

Este hecho que en principio puede parecer baladí, deja de serlo cuando pensamos la importancia del carácter identitario de un pueblo, de su cultura, del arraigo de sus pobladores, de la imagen que transmitimos en materia de competitividad, etc… por tanto asumamos que una acción sobre el paisaje va mucho más allá de la simple afección paisajística; no respetar un paisaje es mucho más que eliminar un bello lugar, nos quedamos sin memoria, sin nada que contar, transmitimos una imagen poco atrayente.

La no consideración de este potencial del paisaje nos lleva que partes de la historia que narraba desaparezcan y todo quede en un conjunto ilegible y banal que por tanto se disipará en nuestra memoria.

COMPETITIVIDAD_PAISAJE URBANO

Cuando Kevin Lynch describía el concepto de “imaginabilidad” de nuestras ciudades todavía no se hablaba de conceptos que ahora creemos actuales como el branding o la imagen de marca de una ciudad como herramientas de competitividad, sin embargo estamos sin duda hablando de lo mismo; cualquier territorio cuenta con ciertos elementos que se graban en nuestra memoria de forma selectiva constituyendo los ingredientes que más tarde emplearemos para crear nuestra “imagen mental del sitio”, nuestro recuerdo.

La experiencia sensorial y paisajística del forastero que accede a una población, que la recorre por sus principales arterias, que visita sus zonas industriales o simplemente acude a una reunión, marca inequívocamente la sensación positiva, negativa o indiferente que experimentará un tiempo después, cuando se dicho lugar vuelva a su memoria por la razón que sea.

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Si nuestras ciudades tratan de vender, de atraer nuevos clientes o de mantener los que tiene, necesita destacar y en el entorno de las sensaciones subjetivas deberá crear los inputs necesarios para que esa imagen sea de orden, identidad, seguridad, sostenibilidad, progreso, modernidad, etc… frente al desorden, improvisación, contaminación, inseguridad o deterioro.

Por lo tanto, un primer objetivo sería “ser recordada” (algo no fácil si impera la banalidad), superado este punto nuestro “cliente” ya sabe que existimos; ahora necesitamos “ser bien recordados” mediante el empleo de factores positivos como los citados en el párrafo anterior (hemos llegado al momento en el que el “cliente” sabe que existimos y además estamos en el grupo de los buenos); pero como nosotros hay muchos (la “competencia”) luego ahora toca distinguirnos del resto, aportar algo más a nuestro paisaje que nos haga destacar ¿cómo lo hacemos?… Una primera opción sería la teatralización de nuestro entorno, la creación de ciudades a modo de parques temáticos, la organización de grandes eventos como efecto púlsar, pero eso requiere una inversión no planteable en época de crisis, la historia reciente nos dice que no funciona y además seguiríamos compitiendo en una liga en la que sólo gana el que de mayores recursos disponga…. ¿Cómo podemos distinguirnos entonces del resto?, muy sencillo, siendo lo que somos, potenciando nuestra identidad (que es única) y no tratando de disfrazarla ni de vender lo que no somos. Evidentemente una ciudad cambiará, se adaptará y crecerá, pero será en el momento en el que deje atrás su identidad cuando realmente perderá su oportunidad pasando a ser simplemente “una más”.